Entretanto la luz cae en tus ojos,
el viento enardecido azota tormentas,
y yo, ligero estandarte, ondeo ya vencido
ya muerto en la verde hierba de un prado.
Miro las flores que allí están,
las desnudo con los dedos, y ellas,
temblorosas, visten mi cuerpo y
en vano curan las profundas heridas.
Viene la alondra y susurra:
no, no hay cura para el amor.
La miro fugitiva y dorada ya
en el cielo que viene; y duermo.
Ilustración de Eva Gonzalo



