
Sus ojos vieron aquel árbol más allá del camino
y enseguida la bella oscuridad dio por acunar el día.
Soñaba entonces el hombre que bailaban los luceros,
que era fuente de amor y que de su agua él bebía.
Pensaba que era murmullo de río y saludaba a las criaturas
y a las fieras que en la verde pradera pacían; dichoso era.
Agua de paso, soñaba que él crecía y que sus ojos líquidos
ya eran claros y que veía más allá del camino
aquel árbol que era sentimiento de amor;
ahora que vestía ropa planchada de amable frialdad
y calzaba zapatos de paso lento. Seco caminar
en este silencio arropado, ya madrugada de sueño.
Fotografía de Giedrius Varnas



